El autismo y los trastornos generalizados del desarrollo (TGD), actualmente incluidos dentro del trastorno del espectro autista (TEA), son alteraciones del neurodesarrollo que afectan principalmente a la comunicación, la interacción social y la conducta. No se trata de una enfermedad, sino de una condición que acompaña a la persona a lo largo de su vida, con diferentes grados de afectación.
Los primeros signos suelen aparecer en los primeros años, y con frecuencia se sospechan entre los 12 y 24 meses. Es importante que las familias estén atentas a ciertas señales de alerta: escaso o nulo contacto visual, no responder al nombre, retraso o ausencia del lenguaje, falta de interés por compartir experiencias o jugar con otros niños, uso limitado de gestos como señalar o saludar, y presencia de conductas repetitivas o intereses muy restringidos.
Ante cualquiera de estas señales, la conducta a seguir es clara: no esperar. Consultar con el pediatra es el primer paso. Los padres conocen mejor que nadie a sus hijos, por lo que sus observaciones son fundamentales. La detección precoz permite iniciar intervenciones tempranas, que han demostrado mejorar el desarrollo y la calidad de vida del niño.
Los pediatras tenemos un papel esencial en este proceso. Realizamos cribados del desarrollo en las revisiones periódicas, identificamos signos de sospecha, orientamos a las familias y gestionamos la derivación a especialistas como neuropediatras, psicólogos o logopedas. Además, ofrecemos acompañamiento continuo, resolviendo dudas y apoyando a las familias en cada etapa.
Para más información se puede consultar en :
1-Guías diagnósticas del DSM-5 (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), que define el trastorno del espectro autista (TEA) y sus criterios actuales.
2-Clasificación de la CIE-11 (OMS), que también recoge los trastornos del neurodesarrollo y su enfoque actualizado.
3-Recomendaciones de la Asociación Española de Pediatría (AEP) sobre vigilancia del desarrollo infantil y detección precoz de signos de alarma.
4-Guías de la Academia Americana de Pediatría (AAP), especialmente en relación con el cribado sistemático del TEA en revisiones pediátricas (a los 18 y 24 meses).
5-Documentos de la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre desarrollo infantil temprano e intervención precoz.
La literatura científica sobre intervención temprana demuestra que la detección e intervención en edades precoces mejora el pronóstico evolutivo.
En conjunto, estas fuentes coinciden en la importancia de la vigilancia del desarrollo, la identificación temprana de signos de alerta y el papel clave de los pediatras en la detección, orientación y derivación para una valoración especializada.